Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Los cuernos son de oro auténtico? —preguntó Bérangère.
Sin moverse de su sillón, doña Aloïse tomó la palabra:
—¿No es una de esas gitanas que llegaron el año pasado por la puerta Gibard?
—Madre —dijo con dulzura Flor de Lis—, esa puerta se llama ahora puerta del Infierno.
La señorita de Gondelaurier sabÃa hasta qué punto le chocaba al capitán la manera de hablar anticuada de su madre. De hecho, este ya empezaba a burlarse, mascullando entre dientes:
—¡La puerta Gibard! ¡La puerta Gibard! ¡Por ahà pasaba Carlos VI!
—¡Madrina! —exclamó Bérangère, cuyos ojos en incesante movimiento se habÃan alzado de repente hacia la cúspide de las torres de Notre-Dame—. ¿Quién es ese hombre de negro que está allá arriba?
Todas las jóvenes levantaron los ojos. Un hombre, en efecto, estaba acodado en la balaustrada superior de la torre septentrional que daba a la plaza de Grève. Era un sacerdote. Se distinguÃa claramente su ropa y su rostro apoyado en ambas manos. Por lo demás, no se movÃa más que una estatua y su mirada fija se abismaba en la plaza.
TenÃa algo de la inmovilidad de un milano que acaba de descubrir un nido de gorriones y lo mira.