Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Es el arcediano de Josas —dijo Flor de Lis.
—¡Tenéis una vista magnÃfica si lo reconocéis desde aquà —observó Colombe de Gaillefontaine.
—¡Cómo mira a la bailarina! —añadió Diane de Christeuil.
—Pues que tenga cuidado la egipcia —dijo Flor de Lis—, porque al arcediano no le gusta Egipto.
—Es una pena que ese hombre la mire asà —añadió Amelotte de Montmichel—, porque baila maravillosamente.
—Distinguido primo Phoebus —dijo de pronto Flor de Lis—, puesto que conocéis a esa joven gitana, decidle que suba. Será divertido.
—¡Oh, sÃ! —exclamaron todas las muchachas batiendo palmas.
—Es una locura —contestó Phoebus—. Seguramente ya no se acuerda de mÃ, y ni siquiera sé su nombre. Pero, puesto que asà lo deseáis, señoritas, voy a intentarlo. —E inclinándose por encima de la balaustrada del balcón, se puso a gritar—: ¡Pequeña!
La bailarina no tocaba la pandereta en ese momento. Volvió la cabeza hacia el punto de donde venÃa la llamada, su mirada brillante se clavó en Phoebus y se detuvo en seco.
—¡Pequeña! —repitió el capitán, y le hizo una seña con la mano para que se acercara.