Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La joven siguió mirándolo, se sonrojó como si una llama le hubiera subido hasta las mejillas y, con la pandereta bajo el brazo, se dirigió entre los atónitos espectadores hacia la puerta de la casa desde donde Phoebus la llamaba, con paso lento, titubeante, y la mirada turbia de un pájaro que cede a la fascinación de una serpiente.
Un momento después, el cortinaje que cubría el hueco de la puerta fue apartado y la gitana apareció en el umbral de la sala, colorada, desconcertada, sin aliento, sus grandes ojos bajados y sin atreverse a dar un paso más.
Bérangère se puso a aplaudir.