Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Sin embargo, la bailarina permanecía inmóvil en el umbral de la puerta. Su aparición había producido en aquel grupo de muchachas un efecto singular. Es indudable que un vago e impreciso deseo de agradar al apuesto oficial las animaba a todas a un tiempo, que el espléndido uniforme era el punto de mira de todas sus coqueterías y que, desde que él se hallaba presente, había entre ellas cierta rivalidad secreta, sorda, que apenas se confesaban a sí mismas pero que, aun así, se manifestaba a cada instante en sus gestos y sus palabras. No obstante, como poseían más o menos el mismo grado de belleza, luchaban con las mismas armas y todas podían esperar la victoria. La llegada de la gitana rompió bruscamente ese equilibrio. Era de una belleza tan rara que desde el momento en que apareció en la entrada de la estancia el efecto que causó fue el de que despedía una especie de luz propia. En aquella habitación cerrada, en aquel sombrío marco de cortinajes y artesonados, estaba incomparablemente más guapa y radiante que en la plaza pública. Era como una antorcha que acabaran de trasladar de la luz del día a la oscuridad. Las nobles damiselas se sintieron, a su pesar, deslumbradas. Cada una de ellas se sintió en cierto modo herida en su belleza. Así pues, su frente de batalla, perdónesenos la expresión, cambió en el acto sin que intercambiaran una sola palabra. Pero se entendían de maravilla. Los instintos femeninos se comprenden y se responden más rápidamente que las inteligencias masculinas. Acababa de llegar una enemiga; todas lo intuyeron y todas se aliaron. Basta una gota de vino para colorear un vaso entero de agua; para teñir de cierta contrariedad a todo un grupo de bonitas mujeres, basta con la llegada de una mujer más bonita…, sobre todo cuando solo hay un hombre.