Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Asà pues, el recibimiento dispensado a la gitana fue maravillosamente glacial. La observaron de arriba abajo, después se miraron entre ellas y todo quedó dicho. Se habÃan entendido. Mientras, la muchacha esperaba que le dijeran algo, tan emocionada que no se atrevÃa a levantar los ojos.
El capitán rompió el silencio:
—¡A fe mÃa que es una criatura encantadora! —dijo con su acostumbrado tono de intrépida fatuidad—. ¿Qué os parece a vos, bella prima?
Esta observación, que un admirador más delicado habrÃa hecho al menos en voz baja, no era apropiada para disipar los celos femeninos que permanecÃan en guardia ante la gitana.
Flor de Lis respondió al capitán con una empalagosa afectación de desdén:
—No está mal.
Las otras cuchicheaban.
Finalmente doña Aloïse, que no era la menos celosa, pues lo estaba por su hija, dirigió la palabra a la bailarina:
—Acercaos, pequeña.
—¡Acercaos, pequeña! —repitió con una dignidad cómica Bérangère, poniéndose a su lado.
La egipcia se aproximó hacia la noble dama.