Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Bella niña —dijo Phoebus con engolamiento, dando unos pasos hacia ella—, no sé si tengo la suprema fortuna de que me reconozcáis…
Ella lo interrumpió dirigiéndole una sonrisa y una mirada llenas de una dulzura infinita:
—¡Oh, sÃ! —dijo.
—Tiene buena memoria —observó Flor de Lis.
—En fin —prosiguió Phoebus—, como la otra noche os escabullisteis con tanta presteza… ¿Acaso os doy miedo?
—¡Oh, no! —dijo ella.
HabÃa en el tono con que ese «¡Oh, no!» fue pronunciado después de aquel «¡Oh, sÃ!» algo indescriptible que hirió a Flor de Lis.
—Pues me dejasteis en vuestro lugar a un bribón bastante huraño, tuerto y jorobado —continuó el capitán, cuya lengua se soltaba al hablarle a una muchacha de la calle—, el campanero del obispo, por lo que tengo entendido. Me han dicho que es hijo bastardo de un arcediano y diablo de nacimiento. Tiene un nombre gracioso. Se llama Témporas, o Pascua Florida, o Martes de Carnaval, ya no me acuerdo. ¡En fin, un nombre de fiesta de repicar campanas! ¡Y se permitÃa raptaros, como si vos estuvieseis hecha para sacristanes! ¡Es el colmo! A ver, ¿qué demonios querÃa de vos ese mochuelo?, decidme.
—No lo sé —respondió ella.