Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Es inconcebible tamaña insolencia! ¡Raptar un campanero a una muchacha, como si fuera un vizconde! ¡Cazar furtivamente un villano en cotos reservados a los hidalgos! No es una cosa habitual. Aunque lo ha pagado caro. Maese Pierrat Torterue es el más rudo palafrenero que haya almohazado jamás a un tunante, y os diré, por si eso puede consolaros, que no le han temblado las manos a la hora de zurrar a vuestro campanero.
—¡Pobre hombre! —dijo la gitana, a quien esas palabras reavivaban el recuerdo de la escena de la picota.
El capitán rompió a reÃr.
—¡Cuernos! ¡Hete aquà una compasión tan bien aplicada como una pluma en el culo de un cerdo! Que me vuelva barrigudo como un papa si…
Se detuvo en seco.
—Perdón, señoras mÃas. Creo que iba a decir alguna tonterÃa.
—¡Por Dios, señor! —dijo Colombe de Gaillefontaine.
—Le habla a esa criatura en su lengua —añadió a media voz Flor de Lis, cuyo despecho crecÃa por momentos, despecho que no disminuyó ni un ápice cuando vio al capitán, encantado con la gitana y sobre todo consigo mismo, girar sobre sus talones repitiendo con una tosca galanterÃa, ingenua y soldadesca:
—¡Una guapa muchacha, doy fe!