Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La gitana no era insensible a aquellos alfilerazos. De vez en cuando, un rubor de vergüenza o un destello de cólera inflamaba sus ojos o sus mejillas. Una réplica desdeñosa parecía vacilar en sus labios, y hacía con desprecio aquel mohín que el lector ya conoce. Pero callaba. Inmóvil, mantenía fija en Phoebus una mirada triste y dulce de resignación. Había también dicha y ternura en aquella mirada. Se habría dicho que se contenía por miedo a que la echaran.
Phoebus, por su parte, reía, y se ponía de parte de la gitana con una mezcla de impertinencia y compasión.
—¡Dejadlas hablar, pequeña! —repetía, haciendo sonar sus espuelas de oro—. No cabe duda de que vuestra vestimenta es un poco extravagante y rústica, pero ¿qué importancia tiene eso siendo como sois una joven encantadora?
—¡Dios mío! —exclamó la rubia Gaillefontaine, irguiendo su cuello de cisne con una sonrisa amarga—. Veo que los señores arqueros de la ordenanza del rey se prendan fácilmente de los bellos ojos egipcios.
—¿Y por qué no? —replicó Phoebus.
Ante esta respuesta, displicentemente lanzada por el capitán como una piedra perdida que ni siquiera mira uno caer, Colombe se echó a reír, y Diane, y Amelotte, y Flor de Lis, a quien al mismo tiempo le asomó una lágrima a los ojos.