Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La gitana, que había bajado la vista al oír el comentario de Colombe de Gaillefontaine, la alzó de nuevo radiante de alegría y de orgullo para volver a fijarla en Phoebus. Estaba bellísima en aquel momento.
La respetable dama, que observaba aquella escena, se sentía ofendida sin comprender qué pasaba.
—¡Virgen santa! —exclamó de pronto—. ¿Qué es esto que se mueve entre mis piernas? ¡Ay! ¡Detestable animal!
Era la cabra, que acababa de llegar buscando a su ama y que, al precipitarse hacia ella, se había enredado los cuernos en el montón de tela que formaba el vestido de la noble dama a sus pies cuando estaba sentada.
Aquello armó un gran revuelo. La gitana, sin decir una palabra, la liberó.
—¡Oh! ¡Es la cabritilla que tiene las pezuñas de oro! —exclamó Bérangère saltando de alegría.
La gitana se puso de rodillas y apoyó contra su mejilla la cabeza acariciadora de la cabra. Se habría dicho que le pedía perdón por haberla abandonado.
Mientras tanto, Diane le susurraba al oído a Colombe:
—¡Ay, Dios mío! ¿Cómo no lo había pensado antes? Es la gitana de la cabra. Dicen que es bruja y que su cabra hace imitaciones realmente milagrosas.
—Pues entonces —dijo Colombe—, la cabra tiene que divertirnos a nosotras también y hacernos un milagro.