Nuestra Señora de París

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Diane y Colombe se dirigieron vehementemente a la egipcia:

—Pequeña, dile a tu cabra que nos haga un milagro.

—No sé qué queréis decir —contestó la bailarina.

—Un milagro, un truco…, en fin, magia.

—No sé hacer esas cosas —dijo la gitana, y se puso a acariciar de nuevo al animalito repitiendo—: Djali, Djali…

En ese momento Flor de Lis se fijó en una bolsita de cuero bordada que la cabra llevaba colgada del cuello.

—¿Qué es eso? —le preguntó a la egipcia.

Esta levantó sus grandes ojos hacia ella y le respondió con gran seriedad:

—Es mi secreto.

«Me gustaría saber cuál es ese secreto», pensó Flor de Lis.

Entre tanto, la buena señora se había levantado un tanto irritada.

—Vamos a ver, gitana, si ni tú ni tu cabra vais a bailarnos nada, ¿qué hacéis aquí?

La gitana, sin responder, se dirigió lentamente hacia la puerta. Pero, cuanto más se acercaba a ella, más se ralentizaba su paso. Un irresistible imán parecía retenerla. De pronto volvió sus ojos húmedos de lágrimas hacia Phoebus y se detuvo.


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