Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Caía la noche. La calle estaba oscura. La taberna llena de luces brillaba desde lejos como una fragua en la sombra. Se oía el ruido de los vasos, las comilonas, los reniegos y las peleas que escapaba por los cristales rotos. A través de la bruma que el calor de la sala extendía sobre la cristalera, se veían pulular cientos de figuras borrosas, y de vez en cuando estallaba una carcajada sonora. Los transeúntes que iban a sus asuntos pasaban por delante de aquel tumultuoso ventanal sin mirarlo siquiera. Solo muy de cuando en cuando un niño desharrapado se ponía de puntillas para apoyarse en la repisa de la ventana y voceaba una vieja cantinela burlona dirigida a los borrachos.
Un hombre, sin embargo, se paseaba imperturbable por delante de la bulliciosa taberna, sin apartar los ojos de la puerta ni alejarse más que un piquero de su garita. Llevaba una capa con la que se tapaba la cara hasta la nariz. Acababa de comprársela al ropavejero de las inmediaciones de La Manzana de Eva, sin duda para protegerse del frío de los atardeceres de marzo o quizá para ocultar sus vestiduras. De vez en cuando se detenía ante el ventanal con entramado de plomo y cristales empañados, escuchaba, miraba y golpeteaba impacientemente el suelo con el pie.