Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Por fin la puerta de la taberna se abrió. Eso era lo que parecía estar esperando. Salieron dos bebedores. El rayo de luz que escapó por la puerta encendió un momento sus joviales rostros. El hombre de la capa se metió bajo un soportal del otro lado de la calle para observar.
—¡Rayos y truenos! —exclamó uno de los bebedores—. Van a dar las siete. Es la hora de mi cita.
—Os digo —decía su compañero con voz pastosa— que no vivo en la calle Mauvaises-Paroles,indignus qui inter mala verba habitat.[109] Vivo en la calle Jean-Pain-Mollet, in vico Johannis-Pain-Mollet. Y sois más cornudo que un unicornio si decís lo contrario. Todo el mundo sabe que quien monta una vez en un oso nunca más tiene miedo, pero vos tenéis la vista puesta en las golosinas, como Saint-Jacques de l’Hôpital.
—Jehan, amigo mío, estáis borracho —dijo el primero.
El otro contestó tambaleándose:
—Os gusta decirlo, Phoebus, pero está demostrado que Platón tenía el perfil de un perro de caza.