Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El lector sin duda ya ha reconocido a nuestros dos buenos amigos, el capitán y el estudiante. Parece que el hombre que los acechaba en la sombra los habÃa reconocido también, pues seguÃa a paso lento todas las eses que el estudiante obligaba a hacer al capitán, el cual, como bebedor más experimentado, habÃa conservado toda su sangre frÃa. Escuchándolos atentamente, el hombre de la capa pudo oÃr entera esta interesante conversación:
—¡Por los cuernos de Baco! Intentad caminar en lÃnea recta, señor bachiller. Sabéis que he de dejaros. Ya son las siete, y tengo una cita con una mujer.
—¡Pues dejadme! Veo estrellas y lanzas de fuego. Sois como el castillo de Dampmartin, que se parte de risa.
—Por las verrugas de mi abuela, Jehan, esto es disparatar con excesivo empecinamiento. Por cierto, Jehan, ¿ya no os queda más dinero?
—Señor rector, no hay ninguna falta, la pequeña carnicerÃa, parva boucheria.
—¡Jehan! ¡Amigo Jehan! Sabéis que estoy citado con esa pequeña al final del puente Saint-Michel, que solo puedo llevarla a casa de la Falourdel, la alcahueta del puente, y que habrá que pagar la habitación. La vieja ribalda de bigote blanco no me dará crédito. ¡Jehan! ¡Por favor! ¿Nos hemos bebido acaso toda la escarcela del cura? ¿No os queda ni un solo parisiense?
—La conciencia de haber invertido bien las otras horas es un justo y sabroso condimento para la mesa.