Nuestra Señora de París

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8 Utilidad de las ventanas que dan al río

Claude Frollo (pues presumimos que el lector, más inteligente que Phoebus, no ha visto en toda esta aventura a otro monje errante que el arcediano) se movió a tientas durante unos instantes en el cubículo tenebroso donde el capitán lo había encerrado. Era uno de esos recovecos que los arquitectos dejan a veces en el punto de unión del tejado y la pared de carga. El corte vertical de aquella perrera, como tan bien la había llamado Phoebus, habría dado un triángulo. Por lo demás, no había ni ventana ni lucera, y el plano inclinado del tejado impedía estar de pie. Claude se acurrucó, pues, entre el polvo y los escombros, que cedían bajo su peso. La cabeza le ardía. Tanteando a su alrededor encontró en el suelo un trozo de vidrio. Lo apoyó en su frente y su frescor lo alivió un poco.

¿Qué ocurría en aquel momento en el alma oscura del arcediano? Tan solo él y Dios podían saberlo.





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