Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París ¿En qué orden fatal disponía en su pensamiento a Esmeralda, Phoebus, Jacques Charmolue, su hermano pequeño, tan querido y sin embargo abandonado por él en el fango, su sotana de arcediano, su reputación quizá, arrastrada en casa de la Falourdel, todas esas imágenes, todas esas aventuras? No lo sé. Mas no cabe duda de que esas ideas formaban en su mente un grupo horrible.
Llevaba un cuarto de hora esperando; le parecía haber envejecido un siglo. De pronto oyó crujir los barrotes de la escala de madera. Alguien subía. La trampilla se abrió y por la abertura entró claridad. En la portezuela carcomida de su cubículo había una rendija bastante ancha a la que pegó la cara. Así podía ver todo lo que sucedía en la habitación contigua. La vieja con cara de gato fue la primera en asomar por la trampilla, con una lámpara en la mano, después salió Phoebus atusándose el bigote y por último una tercera persona, la bella y graciosa Esmeralda. El sacerdote la vio surgir del suelo como una deslumbrante aparición. Claude empezó a temblar, una nube se extendió sobre sus ojos, sus arterias latieron con fuerza, todo zumbaba y giraba a su alrededor. No vio ni oyó nada más.
Cuando volvió en sí, Phoebus y Esmeralda estaban solos, sentados sobre el arcón de madera al lado de la lámpara, cuya luz hacía destacar a los ojos del arcediano aquellas dos jóvenes figuras y un miserable camastro al fondo del cuartucho.