Nuestra Señora de París

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Junto al camastro había una ventana cuyo cristal, roto como una telaraña sobre la que ha caído la lluvia, dejaba ver a través de las aberturas un retazo de cielo y la luna recostada a lo lejos sobre un edredón de blandas nubes.

La joven estaba roja, turbada, palpitante. Sus largas pestañas bajadas sombreaban sus mejillas púrpura. El oficial, hacia el que no se atrevía a levantar los ojos, estaba radiante. Maquinalmente, y con un gesto encantadoramente torpe, trazaba líneas incoherentes con la yema de un dedo en el banco mirando ese dedo. No se le veían los pies; la cabrita estaba echada encima.

El capitán iba vestido con mucha coquetería; llevaba en el cuello y en los puños bandas de pasamanería, signo de gran elegancia en aquellos tiempos.

Don Claude tuvo que esforzarse mucho para entender lo que decían a través del zumbido de la sangre que bullía en sus sienes.

(Una charla de enamorados es, dicho sea de paso, algo bastante banal. Se reduce a un «os amo» perpetuo. Frase musical asaz desnuda e insípida para los indiferentes que escuchan, cuando no está adornada con algunas florituras. Pero Claude no escuchaba con indiferencia.)

—¡Oh! —decía la joven sin levantar los ojos—, no me despreciéis, señor Phoebus. Siento que lo que hago está muy mal.


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