Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Despreciaros, bella niña! —contestaba el oficial con un aire de galanterÃa superior y distinguida—. ¡Despreciaros, voto a Dios! ¿Por qué iba a hacer tal cosa?
—Por haber venido con vos.
—En ese particular, encanto, no estamos de acuerdo. No deberÃa despreciaros, sino odiaros.
La joven lo miró con espanto:
—¡Odiarme! Pero ¿por qué?
—Por haberos hecho tanto de rogar.
—¡Ay! —dijo ella—, es que estoy faltando a mi promesa… No encontraré a mis padres…, el amuleto perderá su poder… ¡Pero no importa! ¿Acaso necesito padre y madre ahora?
Mientras decÃa esto, clavaba en el capitán sus grandes ojos negros, húmedos de alegrÃa y de ternura.
—¡Al diablo si os entiendo! —exclamó Phoebus.
Esmeralda permaneció un momento en silencio, durante el cual una lágrima brotó de sus ojos, un suspiro de sus labios.
—¡Oh, señor, os amo! —dijo luego.
EnvolvÃa a la joven tal perfume de castidad, tal encanto de virtud que Phoebus no se encontraba completamente a gusto junto a ella. Sin embargo, aquella frase lo envalentonó.