Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Me amáis! —dijo, transportado, al tiempo que rodeaba con el brazo el talle de la egipcia.
Era la oportunidad que estaba esperando.
El sacerdote lo vio y tocó con la yema de un dedo la punta del puñal que llevaba escondido en el pecho.
—Phoebus —prosiguió la gitana, apartando suavemente de su cintura las manos tenaces del capitán—, sois bueno, sois generoso, sois apuesto. Me salvasteis, a mà que no soy más que una pobre muchacha perdida en Bohemia. Hace mucho tiempo que sueño con un oficial que me salva la vida. Era con vos con quien soñaba antes de conoceros, Phoebus. El hombre de mi sueño llevaba un bonito uniforme, como vos, y una espada. Os llamáis Phoebus, un bonito nombre. Me gusta vuestro nombre, me gusta vuestra espada. Sacad la espada, Phoebus, para que yo la vea.
—¡Criatura! —dijo el capitán, y desenvainó su estoque sonriendo.
La egipcia miró la empuñadura, la hoja, examinó con una curiosidad adorable las iniciales de la guarda y besó la espada diciendo:
—Sois la espada de un valiente. Amo a mi capitán.
Phoebus aprovechó de nuevo la oportunidad para depositar en su hermoso cuello un beso que hizo erguirse a la joven, escarlata como una cereza. Los dientes del arcediano rechinaron entre las tinieblas.