Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Phoebus, dejadme hablar —dijo la egipcia—. Andad un poco para que vea lo alto que sois y oiga sonar vuestras espuelas. ¡Qué apuesto sois!
El capitán se levantó para complacerla, reprendiéndola con una sonrisa de satisfacción:
—¡Sois una niña! Por cierto, encanto, ¿me habéis visto con uniforme de gala?
—Desgraciadamente, no —respondió ella.
—¡Ese sà me sienta bien!
Phoebus volvió a sentarse a su lado, pero mucho más cerca que antes.
—Escuchad, querida mÃa…
La egipcia le dio unos golpecitos con su linda mano en la boca, en un gesto infantil lleno de inconsciencia, de gracia y de alegrÃa.
—No, no, no os escucharé. ¿Me amáis? Quiero que me digáis si me amáis.
—¡Que si te amo, ángel de mi vida! —exclamó el capitán arrodillándose a medias—. Mi cuerpo, mi sangre, mi alma, todo es tuyo, todo es para ti. Te quiero, y nunca he querido a nadie antes que a ti.