Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El capitán habÃa repetido tantas veces esta frase, en infinidad de ocasiones similares, que la pronunció de un tirón, sin cometer un solo error de memoria. Ante esta declaración apasionada, la egipcia alzó hacia el sucio techo que hacÃa las veces de cielo una mirada llena de una felicidad angélica.
—¡Oh! ¡Este es el momento en que habrÃa que morir! —murmuró.
A Phoebus, «el momento» le pareció apropiado para robarle otro beso, que fue a torturar al miserable arcediano en su rincón.
—¡Morir! —exclamó el enamorado capitán—. ¡Pero qué decÃs, bello ángel! ¡O es este el momento de vivir, o Júpiter es un granuja! ¡Morir al comienzo de algo tan dulce! ¡Cuernos, qué tonterÃa…! Nada de eso… Escuchadme, querida Similar… Esmenarda… Perdón, pero tenéis un nombre tan prodigiosamente sarraceno que me hago un lÃo. Es un zarzal en el que me enredo.
—¡Dios mÃo! —dijo la pobre muchacha—. ¡Yo que creÃa que mi nombre era bonito por su singularidad! Pero, puesto que os desagrada, querrÃa llamarme Goton.
—¡Ah! ¡No lloremos por tan poca cosa, graciosa criatura! Es un nombre al que hay que acostumbrarse y ya está. Una vez que me lo sepa de memoria, saldrá solo. Escuchadme, querida Similar, os adoro con pasión. Os amo de verdad, lo que es milagroso. Sé de una jovencita que se muere de rabia…