Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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La celosa muchacha lo interrumpió:

—¿Quién?

—¿Qué nos importa eso? —dijo Phoebus—. ¿Vos me amáis?

—¡Oh! —exclamó ella.

—¡Pues ya está! Ya veréis como yo también os amo. Que el gran diablo Neptuno me ensarte con su tridente si no os hago la criatura más feliz del mundo. Tendremos un precioso cuartito en algún lado. Haré desfilar a mis arqueros bajo vuestras ventanas. Van todos a caballo, y les dan sopas con honda a los del capitán Mignon. Hay lanceros, ballesteros y culebrineros de mano. Os llevaré a las grandes paradas de los parisienses en Rully. Es magnífico. Ochenta mil hombres armados, treinta mil arneses blancos, cotas de cuero o de mallas; las sesenta y siete banderas de los oficios; los estandartes del Parlamento, del Tribunal de Cuentas, del Tesoro de los Generales, ¡en fin, una comitiva de mil demonios! Os llevaré a ver los leones del Palacio Real, que son fieras salvajes. A todas las mujeres les gusta.

Desde hacía unos instantes, la joven, absorta en sus embelesadores pensamientos, soñaba acunada por el sonido de la voz del capitán sin prestar atención al significado de sus palabras.


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