Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh, seréis muy feliz! —continuó el capitán, al tiempo que desabrochaba con mucho cuidado el cinturón de la egipcia.
—Pero ¿qué hacéis? —dijo ella súbitamente.
Aquella «vÃa de hecho» la habÃa arrancado de su ensoñación.
—Nada —respondió Phoebus—. Solo decÃa que habrÃa que prescindir de toda esta vestimenta extravagante y callejera cuando estéis conmigo.
—¡Cuando esté contigo, Phoebus! —dijo la muchacha con ternura.
Acto seguido volvió a quedarse pensativa y silenciosa.
El capitán, alentado por su dulzura, la cogió por el talle sin que ella se resistiera; luego empezó a desabrochar con cuidado el corpiño de la pobre muchacha, y le descolocó de tal manera la gola que el sacerdote, jadeante, vio aparecer entre el tul el hermoso hombro desnudo de la gitana, redondo y moreno, como la luna que asoma entre la bruma en el horizonte.
La joven dejaba hacer a Phoebus. No parecÃa darse cuenta. Los ojos del osado capitán relucÃan.
De pronto, Esmeralda se volvió hacia él.
—Phoebus —dijo con una expresión de amor infinito—, instrúyeme en tu religión.