Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿En mi religión? —repuso Phoebus rompiendo a reÃr a carcajadas—. ¡Instruiros yo en mi religión! ¡Rayos y truenos! ¿Qué queréis hacer con mi religión?
—Es para casarnos —respondió ella.
El rostro del capitán adoptó una expresión en la que se mezclaban sorpresa, desdén, despreocupación y pasión libertina.
—¡Bah! —dijo—. ¿Quién ha hablado de casarse?
La gitana se quedó pálida y dejó caer tristemente la cabeza sobre el pecho.
—Bella enamorada —prosiguió tiernamente Phoebus—, ¿qué locuras son esas? ¡Valiente cosa el matrimonio! ¿Acaso es uno peor amante por no haber soltado unos latinajos delante de un cura?
Al tiempo que decÃa estas cosas con su voz más melosa, se acercaba cuanto podÃa a la egipcia. Sus manos acariciadoras habÃan vuelto a su posición alrededor de aquel talle tan fino y flexible, sus ojos se encendÃan cada vez más, y todo anunciaba que el señor Phoebus evidentemente estaba llegando a uno de esos momentos en los que el propio Júpiter hace tantas tonterÃas que el buen Homero se ve obligado a llamar a una nube en su ayuda.