Nuestra Señora de París

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Don Claude, entre tanto, lo veía todo. La puerta estaba hecha con duelas de tonel completamente podridas que dejaban amplio paso entre ellas a su mirada de ave de presa. Aquel sacerdote de piel morena y anchos hombros, condenado hasta entonces a la austera virginidad del claustro, se estremecía y bullía ante aquella escena de amor, de noche y de voluptuosidad. La joven y bella muchacha entregada, con las ropas en desorden, a ese hombre ardiente y también joven hacía que por sus venas corriera plomo fundido. Se producían en él reacciones extraordinarias. Su mirada penetraba con unos celos lascivos bajo todos aquellos cierres abiertos. Quien hubiera podido ver en aquel momento la cara del desdichado pegada a las tablas carcomidas, habría creído ver a un tigre mirando desde el fondo de una jaula a un chacal que devora a una gacela. Sus pupilas brillaban como velas a través de las rendijas de la puerta.

De pronto, Phoebus hizo un rápido ademán y le quitó la gola a la egipcia. La pobre criatura, que se había quedado pálida y pensativa, se sobresaltó. Se alejó bruscamente del atrevido capitán y, dirigiendo una mirada a su pecho y sus hombros desnudos, colorada, confusa y muda de vergüenza, cruzó sus bellos brazos sobre sus senos para taparlos. De no ser por la llama que encendía sus mejillas, viéndola así, silenciosa e inmóvil, se habría dicho que era la imagen del pudor. Sus ojos permanecían bajados.


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