Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Gringoire y toda la Corte de los Milagros se hallaban sumidos en una inquietud mortal. No sabÃan desde hacÃa más de un mes qué habÃa sido de Esmeralda, lo que entristecÃa mucho al duque de Egipto y sus amigos los truhanes, ni tampoco qué habÃa sido de su cabra, lo que duplicaba el dolor de Gringoire. Una noche, la egipcia habÃa desaparecido y desde entonces no habÃa vuelto a dar señales de vida. Toda búsqueda habÃa resultado infructuosa. Algunos convulsos guasones le decÃan a Gringoire que aquella noche la habÃan visto por los alrededores del puente Saint-Michel con un oficial; pero este marido al estilo de Bohemia era un filósofo incrédulo, además de que sabÃa mejor que nadie hasta qué punto era virgen su mujer. HabÃa tenido ocasión de juzgar el pudor inexpugnable que resultaba de las virtudes combinadas del amuleto y la egipcia, y habÃa calculado matemáticamente la resistencia de aquella castidad elevada a la segunda potencia. Por ese lado estaba, pues, tranquilo.