Nuestra Señora de París

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Mas no acertaba a explicarse aquella desaparición. Sentía una profunda pena. Habría adelgazado si ello hubiera sido posible. Se había desentendido de todo, hasta de sus aficiones literarias, hasta de su gran obra De figuris regularibus et irregularibus, que pensaba hacer imprimir con el primer dinero que consiguiera (pues estaba obsesionado con la imprenta desde que había visto el Didascalon, de Hugues de Saint-Victor, impreso con los célebres caracteres de Vindelin de Spire).

Un día que pasaba, abatido, por delante de la sala de lo criminal de la Tournelle, vio un grupo de gente congregada a una de las puertas del Palacio de Justicia.

—¿Qué pasa? —preguntó a un joven que salía de allí.

—No lo sé, señor —respondió el joven—. Dicen que están juzgando a una mujer que asesinó a un gendarme. Como parece ser que hay brujería detrás del asunto, el obispo y el provisor han intervenido en la causa, y mi hermano, que es arcediano de Josas, se pasa la vida ahí dentro. Precisamente quería hablar con él, pero no me ha sido posible verlo, cosa que me contraría sobremanera, pues necesito dinero.

—Ay, señor —dijo Gringoire—, quisiera poder prestaros algo, pero si mis greguescos están agujereados no es por los escudos.

No se atrevió a decirle al joven que conocía a su hermano el arcediano, al que no había ido a ver desde la escena de la iglesia, negligencia que lo incomodaba.


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