Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El estudiante se marchó y Gringoire se puso a seguir a la gente que subía la escalera de la Gran Sala. Consideraba que no hay nada como el espectáculo de un proceso criminal para disipar la melancolía, dado que de ordinario los jueces son de una necedad hilarante. El grupo de gente al que se había sumado avanzaba compacto y silencioso. Tras un lento e insípido recorrido por un larguísimo pasillo sombrío, que serpenteaba por el palacio como el canal intestinal del viejo edificio, llegaron a una puerta baja por la que se accedía a una sala, la cual pudo explorar con la mirada por encima de las cabezas ondeantes de la multitud gracias a su elevada estatura.