Nuestra Señora de París

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La sala era vasta y oscura, lo que la hacía parecer todavía más vasta. Caía la tarde; las largas ventanas ojivales solo dejaban entrar un pálido rayo de luz que se extinguía antes de llegar a la bóveda, enorme entramado de maderas talladas cuyas mil figuras parecían moverse confusamente en la sombra. En las mesas había ya varias velas encendidas, que resplandecían por encima de las cabezas de los escribanos inclinados sobre los papeles. La parte anterior de la sala estaba ocupada por el público; a derecha e izquierda había hombres togados tras unas mesas; al fondo, sobre un estrado, muchos jueces, los últimos de los cuales se perdían en las tinieblas, rostros inmóviles y siniestros. Las paredes estaban sembradas de innumerables flores de lis. Se distinguía vagamente un gran crucifijo por encima de los jueces, y por doquier picas y alabardas en cuyos extremos la luz de las velas ponía pinchos de fuego.

—Señor, ¿quiénes son todas esas personas que están sentadas allí como prelados en un concilio? —preguntó Gringoire a uno de sus vecinos.

—Señor —respondió el vecino—, son los consejeros de la Gran Sala, a la derecha, y los consejeros de la Cámara de Investigaciones,[113] a la izquierda; los prelados llevan toga negra, y los barones, toga roja.

—¿Y quién es ese que se ve allí, por encima de ellos, ese gordo colorado que está sudando?

—Ese es el señor presidente.


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