Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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En la fortaleza de Saint-Antoine, en el Palacio de Justicia de París, en el Louvre, esos edificios subterráneos eran prisiones. Los pisos de esas prisiones, a medida que se hundían en el suelo, se estrechaban y se ensombrecían. Eran diferentes zonas en las que se escalonaban los matices del horror. Dante no pudo encontrar nada mejor para su infierno. Esos embudos de calabozos generalmente desembocaban, en lo más profundo, en un fondo de cuba donde Dante puso a Satanás y donde la sociedad metía al condenado a muerte. Una vez que una miserable existencia era enterrada allí, adiós a la luz, al aire, a la vida, a ogni speranza. No volvía a salir sino para ir al patíbulo o a la hoguera. A veces se pudría allí. La justicia humana llamaba a eso «olvidar». Entre los hombres y él, el condenado sentía sobre su cabeza el peso de montones de piedras y de carceleros, y la prisión entera, la maciza fortaleza ya no era más que una enorme y complicada cerradura que lo encadenaba fuera del mundo vivo.

En un fondo de cuba de ese tipo, en las mazmorras excavadas por San Luis, en el in-pace de la Tournelle era donde, sin duda por miedo a una evasión, habían encerrado a Esmeralda, condenada a la horca, con el colosal Palacio de Justicia sobre su cabeza. ¡Pobre mosca, que habría sido incapaz de mover la más pequeña de sus piedras!


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