Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Ciertamente, la providencia y la sociedad habían sido igualmente injustas: semejante lujo de desgracia y de tortura no era necesaria para doblegar a una criatura tan frágil.
Allí estaba ella, perdida en las tinieblas, sepultada, enterrada, emparedada. Quien la hubiera podido ver en tal estado, después de haberla visto reír y bailar al sol, se habría estremecido. Fría como la noche, fría como la muerte, sin un soplo de aire en sus cabellos, sin un ruido humano en sus oídos, sin un rayo de luz en sus ojos, destrozada, cargada de cadenas, acurrucada junto a una jarra y un trozo de pan sobre un puñado de paja, en el charco formado bajo ella por el agua que rezumaba del calabozo, inmóvil, casi sin aliento; ya ni siquiera sufría. Phoebus, el sol, el mediodía, el aire libre, las calles de París, los bailes con los aplausos, las dulces palabras de amor intercambiadas con el oficial, luego el sacerdote, la alcahueta, el puñal, la sangre, la tortura, el patíbulo, todo eso desfilaba todavía por su cabeza, tan pronto como una visión alegre y dorada, tan pronto como una pesadilla deforme; pero ya no era más que una lucha horrible y vaga que se perdía en las tinieblas, o una música lejana que tocaban allá arriba, en la tierra, y que no podía oírse en las profundidades en las que la desdichada había caído.