Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Desde que estaba allí, ni velaba ni dormía. En aquel infortunio, en aquella mazmorra, ya no era capaz de distinguir la vigilia del sueño, el sueño de la realidad, el día de la noche. Todo eso estaba mezclado, roto, flotando, confusamente esparcido en su pensamiento. Ya no sentía, no sabía, no pensaba. Como mucho, soñaba. Jamás se había adentrado tanto una criatura viva en la nada.

Embotada, helada, petrificada como estaba, apenas había reparado dos o tres veces en el ruido de una trampilla que se había abierto en alguna parte por encima de ella, sin dejar pasar siquiera un poco de luz, y por la cual una mano le había echado un mendrugo de pan negro. Sin embargo, era la única comunicación que le quedaba con los hombres, la visita periódica del carcelero.

Una sola cosa ocupaba todavía maquinalmente su oído. Por encima de su cabeza, la humedad se filtraba a través de las piedras enmohecidas de la bóveda, y de ella se desprendía a intervalos regulares una gota de agua. Ella escuchaba absurdamente el ruido que hacía aquella gota de agua al caer en el charco a su lado.

Aquella gota de agua cayendo en aquel charco era el único movimiento que se producía a su alrededor, el único reloj que marcaba el tiempo, el único ruido que llegó hasta ella de todo el ruido que se hace en la superficie de la tierra.


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