Nuestra Señora de París

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Por lo demás, era un buen hombre. Llevaba una agradable vida de cardenal, se deleitaba encantado con los vinos reales de Challuau, no odiaba a Richarde la Garmoise y a Thomasse la Saillarde, prefería dar limosna a las guapas jovencitas que a las mujeres viejas, y por todas esas razones resultaba muy simpático a la plebe de París. No se desplazaba si no era rodeado de una pequeña corte de obispos y abates de alto linaje, galantes, licenciosos y dispuestos a divertirse si lo requería la ocasión; y más de una vez las honradas beatas de Saint-Germain d’Auxerre, al pasar, caída ya la noche, bajo las ventanas iluminadas de la residencia de Borbón, se habían escandalizado al oír las mismas voces que durante el día les habían cantado las vísperas salmodiar entre un tintineo de copas el proverbio báquico de Benedicto XII, aquel papa que había añadido una tercera corona a la tiara: Bibamus papaliter.[16]








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