Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entonces entraron, de dos en dos, con una seriedad que contrastaba con el petulante cortejo eclesiástico de Carlos de Borbón, los cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria encabezados por el reverendo padre en Dios Jehan, abad de Saint-Bertin, canciller del Toisón de Oro, y Jacques de Goy, señor de Dauby, gran baile de Gante. Se hizo entre los presentes un gran silencio, acompañado de risas sofocadas, para escuchar todos los ridículos nombres y todos los cargos burgueses que cada uno de los personajes transmitía imperturbablemente al ujier, el cual arrojaba a continuación a través de la multitud nombres y cargos hechos un revoltijo y totalmente deformados. Estaba maese Loys Roelof, magistrado de la ciudad de Lovaina; micer Clays d’Etuelde, magistrado de Bruselas; micer Paul de Baeust, señor deVoirmizelle, presidente de Flandes; maese Jean Coleghens, burgomaestre de la ciudad de Amberes; maese George de la Moere, primer magistrado de la kuere de la ciudad de Gante, y maese Gheldof van der Hage, primer magistrado de los jueces de paz de dicha ciudad, y el señor de Bierbecque, y Jehan Pinnock, y Jehan Dymaerzelle, etcétera, etcétera, etcétera. Bailes, magistrados, burgomaestres; burgomaestres, magistrados, bailes; todos tiesos, envarados, estirados, emperejilados con terciopelos y damascos, tocados con birretes de terciopelo negro con grandes borlas de hilo de oro de Chipre; hermosas cabezas flamencas después de todo, caras dignas y severas, de la familia de las que Rembrandt hace sobresalir, tan firmes y tan graves, sobre el fondo negro de su Ronda de noche; personajes que llevaban todos ellos escrito en la frente que Maximiliano de Austria había hecho bien en «confiarse de lleno a su sensatez, valentía, experiencia, lealtad y honorabilidad», como decía en su manifiesto.