Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No es que él tuviera alma de político ni que le preocuparan las posibles consecuencias de la boda de su señora prima Margarita de Borgoña con su señor primo Carlos, delfín de Viena; cuánto duraría el buen entendimiento fingido entre el duque de Austria y el rey de Francia o cómo se tomaría el rey de Inglaterra este desaire a su hija eran cosas que le inquietaban muy poco; y todas las noches saboreaba el vino de las cosechas reales de Chaillot sin sospechar que algunas botellas de ese mismo vino (un poco revisado y corregido, es cierto, por el médico Coictier), cordialmente regaladas a Eduardo IV por Luis XI, librarían un buen día a Luis XI de Eduardo IV. «La muy honorable embajada del señor duque de Austria» no le causaba al cardenal ninguna de estas preocupaciones, pero lo importunaba en otro sentido. Era, en efecto, un tanto duro, y ya lo hemos mencionado en la segunda página de este libro, verse obligado a dispensar un buen recibimiento y agasajar, él, Carlos de Borbón, a no se sabe qué burgueses; él, cardenal, a unos regidores; él, francés, comensal exquisito, a unos flamencos bebedores de cerveza, y por añadidura en público. Era ciertamente una de las pantomimas más fastidiosas que había hecho en toda su vida para complacer al rey.
Se volvió, pues, hacia la puerta, y con el mayor agrado del mundo (gracias a lo mucho que se ejercitaba en ello), cuando el ujier anunció con su voz sonora: «Los señores enviados del señor duque de Austria». Huelga decir que la sala entera hizo otro tanto.