Nuestra Señora de París

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Una vez puesto el pie en el asilo, el criminal era sagrado; pero debía guardarse de salir de él. Si daba un paso fuera del santuario, volvía a caer al agua. La rueda, el patíbulo y la estrapada montaban guardia alrededor del lugar de refugio y acechaban continuamente a su presa, como los tiburones alrededor de un barco. Se ha visto a condenados encanecer en un claustro, en la escalera de un palacio, en el huerto de una abadía o bajo el porche de una iglesia. El asilo era, de esta forma, una prisión como cualquier otra.

En ocasiones una sentencia solemne del Parlamento violaba el refugio y devolvía al condenado al verdugo; pero tal cosa era infrecuente. Los parlamentos se sentían amedrentados por los obispos, y cuando estas dos vestiduras llegaban a tocarse, la toga no tenía las de ganar enfrentada a la sotana. A veces, sin embargo, como en el caso de los asesinos de Petit-Jean, verdugo de París, y en el de Émery Rousseau, asesino de Jean Valleret, la justicia pasaba por encima de la Iglesia y procedía de inmediato a la ejecución de sus sentencias; pero, si no había un fallo del Parlamento, ¡ay de quien violara a mano armada un lugar de asilo! Ya se sabe la muerte que encontró Robert de Clermont, mariscal de Francia, y Jean de Châlons, mariscal de Champagne, pese a que no se trataba más que de un tal Perrin Marc, empleado de un cambista, un miserable asesino. Pero los dos mariscales habían derribado las puertas de Saint-Méry; eso era lo intolerable.


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