Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Mientras el pensionario de Gante y su eminencia intercambiaban una reverencia bajando mucho el cuerpo y unas palabras bajando todavÃa más la voz, un hombre de elevada estatura, cara ancha y hombros fuertes se presentaba para entrar junto con Guillaume Rym: habrÃase dicho un dogo al lado de un zorro. Su bicoquete de fieltro y su chaqueta de piel desentonaban en medio del terciopelo y la seda que lo rodeaban. El ujier, suponiendo que era un palafrenero despistado, lo detuvo.
—¡Eh, amigo! ¡No se puede pasar!
El hombre de la chaqueta de cuero lo apartó de un empellón.
—¿Qué quiere este de m� —dijo dando unas voces que atrajeron la atención de toda la sala hacia ese singular coloquio—. ¿No ves acaso quién soy?
—Vuestro nombre… —dijo el ujier.
—Jacques Coppenole.
—Vuestros cargos…
—Calcetero, del comercio Las Tres Cadenetas, de Gante.