Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El ujier retrocedió. Anunciar a regidores y burgomaestres, pase; pero a un calcetero…, eso era duro. El cardenal estaba en vilo. Todo el pueblo escuchaba y miraba. Dos dÃas hacÃa que su eminencia se afanaba en pulir a aquellos osos flamencos para que resultaran un poco más presentables en público, y aquella salida de tono era un duro golpe. Sin embargo, Guillaume Rym se acercó al ujier con su ladina sonrisa.
—Anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los magistrados de la ciudad de Gante —le susurró muy bajito.
—Ujier —añadió el cardenal en voz alta—, anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los magistrados de la ilustre ciudad de Gante.
Aquello fue un error. Guillaume Rym, él solo, habrÃa sorteado la dificultad; pero Coppenole habÃa oÃdo al cardenal.
—¡Voto a Dios, no! —exclamó con su voz atronadora—. ¡Jacques Coppenole, calcetero! ¿Me oyes, ujier? Ni una palabra más, ni una palabra menos. ¡Voto a Dios! Calcetero es suficientemente noble. El señor archiduque ha buscado más de una vez sus guantes entre mis calzas.
Hubo un estallido de risas y aplausos. Un retruécano es comprendido enseguida en ParÃs y, por consiguiente, aplaudido.