Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El sacerdote derribó a Quasimodo de una patada y se internó, temblando de rabia, bajo la bóveda de la escalera.
Cuando se hubo marchado, Quasimodo recogió el silbato que acababa de salvar a la egipcia.
—Estaba oxidándose —dijo, devolviéndoselo.
Luego la dejó sola.
La joven, trastornada por aquella violenta escena, se dejó caer, exhausta, sobre la cama y se puso a llorar. Su horizonte volvía a ser siniestro.
Por su parte, el sacerdote había regresado a tientas a su celda.
Era evidente: don Claude estaba celoso de Quasimodo.
Con aire pensativo, repitió su frase fatal:
—¡No será de nadie!