Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando hubieron cruzado la puerta de la celda, su pálido rayo cayó sobre el rostro del sacerdote. Quasimodo lo miró a la cara, se echó a temblar, lo soltó y retrocedió.
La egipcia, que se había acercado a la puerta, vio con sorpresa el brusco cambio de papeles. Ahora era el sacerdote el que amenazaba y Quasimodo el que suplicaba.
El clérigo, que abrumaba al sordo con gestos de cólera y de reproche, le indicó violentamente que se retirara.
El sordo bajó la cabeza y fue a arrodillarse ante la puerta de la egipcia.
—Monseñor, después haréis lo que os plazca, pero matadme antes.
Mientras decía esto, en un tono grave y resignado, le tendía el cuchillo al sacerdote.Este, fuera de sí, se abalanzó sobre él, pero la joven fue más rápida. Le quitó el cuchillo de las manos a Quasimodo y rompió a reír con furor.
—¡Acércate! —le dijo al cura.
Mantenía el cuchillo en alto. El sacerdote se quedó indeciso. Sin duda sería capaz de clavárselo.
—¡Ahora no te atreverás a acercarte, cobarde! —gritó. Y con una expresión despiadada, totalmente consciente de que iba a atravesar con mil hierros al rojo el corazón del sacerdote, añadió—: ¡Ah! ¡Ya sé que Phoebus no ha muerto!