Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El sacerdote creyó distinguir la forma de Quasimodo. Supuso que solo podía ser él y se acordó, además, de que al entrar había tropezado con un bulto que estaba atravesado delante de la puerta. Sin embargo, como el recién llegado no pronunciaba una sola palabra, no sabía qué creer. Se abalanzó sobre el brazo que sostenía el cuchillo gritando:
—¡Quasimodo!
Olvidaba, en aquel momento de angustia, que Quasimodo era sordo.
En un abrir y cerrar de ojos, el sacerdote estuvo en el suelo y sintió una rodilla de plomo sobre su pecho. Por la forma angulosa de la rodilla, reconoció a Quasimodo. Pero ¿qué podía hacer? ¿Cómo conseguir que él lo reconociera también? La noche hacía al sordo ciego.
Estaba perdido. La joven, sin piedad, como una tigresa irritada, no intervenía para salvarlo. El cuchillo se acercaba a su cabeza. El momento era crítico. De repente su adversario pareció vacilar.
—¡Sangre sobre ella no! —dijo con una voz sorda.
Era, en efecto, la voz de Quasimodo.
Entonces el sacerdote notó que la gran mano lo cogía de un pie y lo arrastraba fuera de la celda. Era allí donde debía morir. Por suerte para él, la luna acababa de salir hacía unos instantes.