Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La joven estaba subyugada, palpitante, rota, entre sus brazos, a su merced. Notaba una mano lasciva perderse por su cuerpo. Sacó fuerzas de flaqueza y se puso a gritar:
—¡Socorro! ¡A mÃ! ¡Un vampiro! ¡Un vampiro!
Pero no acudÃa nadie. Solo Djali se habÃa despertado y balaba con angustia.
—Cállate —decÃa el cura, jadeante.
De pronto, mientras se debatÃa, la mano de la egipcia encontró en el suelo una cosa frÃa y metálica. Era el silbato de Quasimodo. Lo cogió con una convulsión de esperanza, se lo llevó a los labios y sopló con todas las fuerzas que le quedaban. El silbato emitió un sonido claro, agudo, penetrante.
—¿Qué es eso? —dijo el sacerdote.
Casi en el mismo instante notó que un brazo vigoroso lo levantaba. La celda estaba a oscuras y no pudo distinguir quién lo agarraba, pero oyó un rechinar de dientes rabioso, y habÃa justo la luz suficiente, esparcida en la oscuridad, para que viera brillar por encima de su cabeza la ancha hoja de un cuchillo.