Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —¡Vete, monstruo! ¡Vete, asesino! —dijo con voz trémula, en un susurro, dominada por la cólera y el terror.
—¡Ten piedad! ¡Ten piedad! —murmuró el sacerdote besándole los hombros.
Ella lo cogió con las dos manos del poco pelo que le quedaba e intentó alejar sus besos como si fueran mordeduras.
—¡Ten piedad! —repetía el infortunado—. ¡Si supieras el amor que siento por ti! ¡Es fuego, plomo fundido, mil cuchillos clavados en mi corazón!
E inmovilizó los brazos de la joven con una fuerza sobrehumana. Ella, desesperada, lo amenazó:
—¡Suéltame o te escupo a la cara!
Él la soltó.
—¡Humíllame! ¡Pégame! ¡Sé malvada! ¡Haz lo que quieras! ¡Pero, por favor, ámame!
Ella lo golpeó con una furia infantil. Crispaba las manos para arañarle la cara.
—¡Vete, demonio!
—¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ten piedad! —gritaba el pobre sacerdote revolcándose sobre ella y respondiendo a sus golpes con caricias.
De pronto Esmeralda lo sintió más fuerte que ella.
—¡Hay que llegar hasta el final! —dijo él, haciendo rechinar los dientes.