Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Aquella noche, Esmeralda se había dormido en su celda, llena de olvido, de esperanza y de dulces pensamientos. Dormía desde hacía un rato y soñaba, como siempre, con Phoebus, cuando le pareció oír ruido a su alrededor. Tenía un sueño ligero e inquieto, un sueño de pájaro. Cualquier cosa la despertaba. Abrió los ojos. La noche era muy oscura. Pese a ello, vio en la lucera una cara que la miraba. Una lámpara iluminaba aquella aparición. En el momento en que se percató de que había sido descubierta por Esmeralda, la persona a la que pertenecía esa cara apagó la lámpara. No obstante, la joven había tenido tiempo de entreverla y el terror le hizo cerrar los ojos.
—¡Oh! —dijo con voz apagada—. ¡El sacerdote!
Revivió toda su desgracia pasada como en un destello y, helada, se dejó caer sobre la cama.
Un momento después notó a lo largo de su cuerpo un contacto que la hizo estremecerse de tal modo que se sentó bruscamente, furiosa, en la cama.
El sacerdote acababa de tumbarse a su lado y la rodeaba con los brazos.
Ella quiso gritar, pero no pudo.