Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Una noche calentaron tan cruelmente la sangre de virgen y de sacerdote que corría por sus venas, que mordió la almohada, saltó de la cama, se echó una sobrepelliz sobre la camisa y salió de la celda con la lámpara en la mano, medio desnudo, ofuscado, con la mirada encendida.
Sabía dónde estaba la llave de la Puerta Roja, que comunicaba el claustro con la iglesia, y siempre llevaba encima, como sabemos, una llave de la escalera de las torres.