Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —¡Ay, hermano! Qué razón teníais cuando me decíais: «¡Jehan, Jehan!, cessat doctorum doctrina, discipulorum disciplina.[128] Jehan, sed prudente, Jehan, sed docto, Jehan, no pernoctéis fuera del colegio sin motivo legítimo y permiso del maestro. No peleéis con los picardos, noli, Joannes, verberare Picardos. No os pudráis como un asno iletrado, quasi asinus illitteratus, en los bancos de la escuela. Jehan, dejaos castigar a discreción del maestro. Jehan, id todas las noches a la capilla y cantad una antífona con versículo y oración a nuestra gloriosa Virgen María…». ¡Ay, qué excelentes eran esos consejos!
—¿Y qué más?
—¡Hermano, tenéis delante a un culpable, un criminal, un miserable, un libertino, un hombre terrible! Mi querido hermano, Jehan ha convertido vuestros generosos consejos en paja y estiércol para ser pisoteados. Y he sido castigado por ello, pues Dios es extraordinariamente justo. Mientras he tenido dinero, he ido de francachela, cometido locuras y llevado una vida alegre.¡Oh, con lo encantador que es el libertinaje de cara, y lo feo y ceñudo que es por detrás! Ahora estoy sin blanca, he vendido mi estera, mi camisa y mi toalla, ¡se acabó la buena vida! La hermosa candela se ha consumido y solo me queda una vulgar vela de sebo que me atufa. Las mujeres se ríen de mí. Bebo agua. Los remordimientos y los acreedores me torturan.