Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —¿Y qué más? —dijo el arcediano.
—¡Ay, queridísimo hermano! Quisiera llevar una vida mejor. Acudo a vos lleno de contrición. Estoy arrepentido. Me confieso. Me doy golpes de pecho. Tenéis toda la razón en querer que llegue a ser un día licenciado y pasante del colegio de Torchi. Siento ahora en mí una vocación magnífica para ese estado. Pero no me queda tinta, tengo que comprar; no me quedan plumas, también tengo que comprar; no me queda papel, no me quedan libros, tengo que comprar de todo. Necesito para todo ello algunos fondos, y acudo a vos, hermano, con el corazón contrito.
—¿Ya está?
—Sí —dijo el estudiante—. Un poco de dinero.
—No tengo.
El estudiante dijo entonces con un aire grave y decidido al mismo tiempo:
—Pues bien, hermano, lamento tener que deciros que me hacen, por otra parte, ofertas y propuestas muy atractivas. ¿No queréis darme dinero…? ¿No…? En tal caso, me haré truhán.
Al pronunciar esta palabra monstruosa puso cara de Áyax esperando ver caer el rayo sobre su cabeza.
El arcediano le dijo fríamente:
—Haceos truhán.