Nuestra Señora de París

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Jehan lo saludó haciendo una profunda reverencia y bajó la escalera del claustro silbando.

En el momento en que, cruzando el patio del claustro, pasaba bajo la ventana de la celda de su hermano, oyó que esta se abría, levantó la mirada y vio asomar por la abertura la cabeza severa del arcediano.

—¡Vete al diablo! —dijo don Claude—. Este es el último dinero que recibirás de mí.

Al mismo tiempo, el sacerdote le arrojó a Jehan una bolsa que le hizo al estudiante un buen chichón en la frente y con la que se marchó a la vez enfadado y contento, como un perro al que lapidaran tirándole huesos con tuétano.








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