Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Tal vez el lector no haya olvidado que una parte de la Corte de los Milagros estaba cercada por la antigua muralla de la ciudad, un buen número de cuyas torres empezaban ya a derrumbarse en aquella época. Una de esas torres la habían convertido los truhanes en lugar de diversión. Había una taberna en la sala de abajo, y lo demás estaba en los pisos superiores. Esa torre era el punto más animado y, por consiguiente, el más repugnante de la truhanería. Era una especie de enjambre monstruoso que zumbaba noche y día. Por la noche, cuando aquella sobreabundancia de canalla dormía, cuando ya no quedaba ninguna ventana iluminada en las fachadas terrosas de la plaza, cuando ya no se oía salir ningún grito de aquellos casones superpoblados, de aquellos hormigueros de ladrones, mujerzuelas, niños robados o bastardos, siempre se reconocía la alegre torre por el ruido que hacía y por la luz escarlata que, irradiando a la vez de las claraboyas, de las ventanas y de las fisuras de las agrietadas paredes, escapaba, por así decirlo, por todos sus poros.