Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El sótano era, pues, la taberna. Se accedía a ella a través de una puerta baja y una escalera muy empinada. En la puerta había pintarrajeados, a guisa de enseña, unas monedas nuevas y unos pollos muertos.
Una noche, en el momento en que el toque de queda sonaba en todos los campanarios de París, los soldados de la guardia, si les hubiera sido dado entrar en la temible Corte de los Milagros, habrían podido ver que en la taberna de los truhanes el tumulto era mayor aún que el acostumbrado, que se bebía más y se blasfemaba mejor. Fuera, había varios grupos en la plaza cuchicheando, como cuando se trama un gran plan, y algunos bribones desperdigados afilando las hojas de sus cuchillos con un adoquín.
Sin embargo, dentro de la taberna, el vino y el juego constituían una distracción tan poderosa para las ideas que ocupaban esa noche a la canalla que habría resultado difícil adivinar por las palabras de los bebedores de qué se trataba. Simplemente, parecían más alegres que de costumbre, y se les veía a todos el brillo de alguna arma entre las piernas: un hocino, un hacha, un mandoble o el gancho de un viejo arcabuz.