Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La sala, de forma redonda, era muy grande, pero las mesas estaban tan juntas y los bebedores eran tan numerosos que todo lo que contenía la taberna, hombres, mujeres, bancos, jarras de cerveza, los que bebían, los que dormían, los que jugaban, los sanos y los lisiados parecían amontonados de cualquier manera, con tanto orden y armonía como un montón de conchas de ostra. Había algunas velas de sebo encendidas en las mesas, pero la verdadera lámpara de la taberna, lo que hacía allí el papel de araña de techo en un teatro de ópera, era el fuego. Aquel sótano era tan húmedo que nunca se dejaba apagar la chimenea, ni siquiera en pleno verano, una chimenea inmensa con campana esculpida, llena de pesados morillos de hierro y de utensilios de cocina, con uno de esos grandes fuegos de leña y turba mezclada que, de noche, en las calles de los pueblos, reflejan en rojo el espectro de las ventanas de forja en las paredes de enfrente. Un corpulento granuja, sentado con mucha seriedad sobre las cenizas, hacía girar un asador cargado de trozos de carne.